Había una vez, en un tranquilo vecindario, un niño llamado Lorenzo. Lorenzo tenía cuatro años y le encantaba mirar las estrellas desde el patio de su casa. Cada noche, después de cenar, corría al jardín, se sentaba en su sillita favorita, y se quedaba mirando el cielo. El cielo nocturno siempre le fascinaba, con sus luces titilantes y las estrellas fugaces que a veces cruzaban rápidamente.
Una noche, mientras Lorenzo miraba el cielo, vio algo increíble. Una de las estrellas más brillantes comenzó a moverse, pero no como una estrella fugaz. Esta estrella estaba bajando, y a medida que se acercaba, Lorenzo se dio cuenta de que no era una estrella en absoluto. ¡Era un cohete! Un gran cohete plateado que aterrizó suavemente en el patio de su casa.
Lorenzo se levantó rápidamente, emocionado y un poco sorprendido. Nunca antes había visto un cohete tan de cerca. El cohete era grande, con luces que parpadeaban y una puerta que se abrió lentamente. De la puerta salió un astronauta. Llevaba un traje espacial blanco, con un casco que cubría su rostro.
El astronauta caminó hacia Lorenzo y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, se quitó el casco. ¡Era su papá, Keyner! Lorenzo no podía creerlo. Su papá, a quien siempre había visto como un superhéroe, era en realidad un astronauta de verdad.
“¡Papá! ¿Eres un astronauta?” preguntó Lorenzo, con los ojos muy abiertos.
Keyner sonrió y asintió. “Así es, Lorenzo. Esta noche, pensé que sería divertido llevarte a un pequeño viaje especial. Vamos a la Luna para conocerla juntos.”
Lorenzo no podía contener su emoción. “¡Sí! ¡Quiero ir a la Luna contigo, papá!”
Keyner tomó la mano de Lorenzo y lo guió hacia el cohete. Juntos subieron las escaleras y entraron en la nave espacial. Lorenzo se sorprendió al ver todos los botones, pantallas y luces dentro del cohete. Su papá lo ayudó a sentarse en un asiento cómodo y luego se sentó junto a él.
“¿Estás listo para despegar?” preguntó Keyner.
“¡Listo!” respondió Lorenzo con entusiasmo.
Keyner presionó algunos botones, y el cohete comenzó a vibrar suavemente. Lorenzo sintió cómo el cohete se levantaba del suelo, y a través de la ventana, vio cómo su casa se hacía cada vez más pequeña mientras ascendían al cielo. Pronto, estaban volando entre las estrellas. Lorenzo no podía dejar de mirar por la ventana, maravillado por la belleza del espacio.
Después de un rato, el cohete comenzó a desacelerar y Lorenzo vio cómo se acercaban a la Luna. Era tan grande y brillante, mucho más de lo que se veía desde la Tierra. El cohete aterrizó suavemente en la superficie lunar, y Lorenzo y su papá bajaron del cohete.
“¡Estamos en la Luna!” exclamó Lorenzo mientras saltaba, notando que se sentía más ligero que en la Tierra.
“Así es,” dijo Keyner. “Aquí la gravedad es diferente, por eso podemos saltar tan alto.”
Lorenzo y su papá exploraron la Luna juntos, saltando y corriendo. Lorenzo recogió algunas rocas lunares y las guardó en su bolsillo como recuerdo. Después de un tiempo, Keyner miró hacia el cielo oscuro.
“Lorenzo, ¿te gustaría ver otros planetas? Hay tantos en nuestro sistema solar, y cada uno es diferente.”
Lorenzo asintió con entusiasmo. “¡Sí, papá! Quiero ver todos los planetas.”
Keyner y Lorenzo volvieron al cohete, y esta vez, el destino era el planeta Venus. El cohete despegó de la Luna, y en poco tiempo, estaban en camino hacia Venus. Lorenzo estaba muy emocionado. Había oído hablar de Venus, pero no sabía mucho sobre él.
Mientras se acercaban a Venus, Lorenzo notó que el planeta era muy brillante y tenía un color dorado. Pero, de repente, el cohete comenzó a temblar. Lorenzo sintió un pequeño susto.
“¿Qué está pasando, papá?” preguntó con preocupación.
“El cohete está perdiendo fuerzas,” dijo Keyner, mirando los controles. “Tendremos que aterrizar en Venus para arreglarlo.”
Lorenzo asintió con valentía. Sabía que su papá sabía lo que hacía. El cohete aterrizó en Venus, y Lorenzo y Keyner salieron para ver dónde estaban. El suelo de Venus era muy diferente al de la Tierra o la Luna. Era suave y tenía un color brillante que cambiaba con la luz.
Mientras caminaban, Lorenzo y Keyner vieron algo increíble. Una figura se acercaba hacia ellos, flotando en el aire. Era una mujer alta, con un vestido brillante que parecía hecho de estrellas. Tenía una corona dorada en la cabeza y una sonrisa amable en su rostro.
“Bienvenidos a Venus,” dijo la mujer con una voz suave. “Soy la Reina Isabella.”
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.