Cuentos de Terror

El Mohán y los Secretos de la Oscuridad

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 2 minutos

Español

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En el actual territorio del departamento del Tolima, Colombia, existía un hombre que se había convertido en leyenda. Este hombre, conocido por su larga cabellera y su rostro marcado por el sol, era temido y respetado a la vez. Era El Mohán, o también llamado El Poira, un hechicero que conocía el poder de las plantas y compartía su sabiduría con aquellos que se atrevían a acercarse a él.

El Mohán no solo ayudaba a las almas afligidas a encontrar alivio. Era un hombre de misterios y secretos, conocido por sus ojos rojos que parecían brillar en la oscuridad. A pesar de su sabiduría, su amor por el tabaco lo llevaba a encender su pipa en los momentos más inusuales, llenando el aire con un aroma que algunos encontraban agradable, mientras que otros consideraban que era una señal de advertencia.

Durante la invasión española, El Mohán se sintió profundamente herido por las injusticias y el sufrimiento que los conquistadores infligían a su pueblo. Los ríos, que una vez habían sido sagrados, se habían manchado con la sangre de los inocentes. Los árboles que daban sombra y frutos ahora eran testigos silenciosos del dolor. En un arranque de ira y desesperación, El Mohán decidió esconderse en los rincones más oscuros de la geografía.

Se decía que se sumergía en los ríos caudalosos o se ocultaba en cuevas que nadie quería visitar durante la noche. Aquellos que se aventuraban a los bosques y montañas de Tolima, especialmente al caer la tarde, sabían que no debían acercarse a las aguas ni a las cuevas solitarias, pues allí podría encontrarse con El Mohán, un ser de horror que no perdonaba.

El tiempo pasó, y las historias sobre El Mohán se convirtieron en leyendas temidas por los más jóvenes. Sin embargo, había un grupo de amigos que no temía a las historias de terror. Eran Valeria, Andrés y Sofía, quienes, un día, decidieron explorar los bosques en busca de la verdad detrás de los rumores sobre El Mohán. Junto a ellos iba su fiel perro, Max, un canino valiente que siempre estaba listo para la aventura.

“¡Vamos a demostrar que estas historias son solo cuentos para asustar a los niños!” exclamó Valeria con determinación. “No podemos dejar que el miedo nos detenga”.

“¿Y si nos encontramos con El Mohán?” preguntó Andrés, un poco nervioso. “Dicen que tiene ojos rojos y que puede transformarse en lo que quiera”.

“Eso solo son historias. Lo que realmente queremos es conocer la verdad. Tal vez podamos encontrarlo y preguntarle sobre su vida”, respondió Sofía, convencida.

Así, con una mezcla de emoción y un poco de miedo, los cuatro amigos se adentraron en el espeso bosque. A medida que avanzaban, los árboles se tornaban más densos y la luz del sol comenzaba a desvanecerse. El aire se volvió más fresco y el canto de los pájaros dio paso a un silencio inquietante.

“¿No sienten eso? Es como si el bosque estuviera observándonos”, dijo Valeria, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.

“Es solo nuestra imaginación”, respondió Andrés, tratando de parecer valiente. “Continuemos”.

De repente, el grupo llegó a una pequeña cueva oscura. La entrada estaba cubierta de lianas y plantas, como si la naturaleza intentara ocultarla. “¿Deberíamos entrar?” preguntó Sofía, mirando a sus amigos.

“¡Claro! Esto es exactamente lo que estamos buscando. El Mohán podría estar aquí”, dijo Valeria, guiada por su curiosidad.

Con Max liderando el camino, los amigos entraron en la cueva. A medida que avanzaban, el aire se tornaba más denso y húmedo. De repente, escucharon un sonido extraño, como un susurro lejano. Valeria, que iba al frente, se detuvo en seco. “¿Escucharon eso?”

Los demás asintieron, sintiendo que el corazón les latía con fuerza. “Tal vez sea El Mohán”, susurró Sofía.

“¡No! Es solo el eco. Sigamos adelante”, insistió Andrés, aunque su voz temblaba.

A medida que avanzaban más adentro de la cueva, la luz se desvaneció casi por completo. La única iluminación provenía de unas pequeñas luciérnagas que danzaban a su alrededor. Los amigos se tomaron de las manos, sintiéndose más seguros juntos.

De repente, una figura apareció ante ellos, emergiendo de las sombras. Era un hombre alto, con cabello muy largo y una piel bronceada. Sus ojos rojos brillaban como dos carbones encendidos, y su presencia irradiaba poder. “¿Quiénes son los que se atreven a entrar en mi morada?” preguntó con una voz profunda y resonante.

Valeria, temblando, dio un paso adelante. “Soy Valeria, y estos son mis amigos, Andrés, Sofía y Max. Venimos a buscarte, El Mohán. Queremos conocer la verdad sobre ti”.

“¿La verdad? ¿Acaso no temen el horror que reside en esta cueva?” replicó El Mohán, mientras su mirada parecía atravesar sus almas.

“Queremos saber por qué te escondes. La gente habla de ti, pero no sabemos si lo que dicen es cierto”, explicó Sofía, sintiendo que el miedo comenzaba a desvanecerse.

El Mohán se quedó en silencio por un momento. “La verdad, mis jóvenes amigos, es que me escondo porque la historia que cuentan sobre mí es solo una parte de la realidad. He visto mucho sufrimiento a manos de los conquistadores. Yo no solo persigo a los que me han hecho daño. También protejo a los inocentes”.

“¿Entonces no eres un monstruo?” preguntó Andrés, sintiéndose aliviado.

“No, no soy un monstruo. Soy un guardián de la naturaleza. Mis poderes provienen de las plantas y de los ríos. A veces, asusto a quienes no respetan la tierra”, explicó El Mohán, y su tono se suavizó un poco.

Los amigos se miraron entre sí, sintiendo compasión por el ser que tenían frente a ellos. “¿Y qué podemos hacer para ayudar?” preguntó Valeria, con un nuevo sentido de determinación.

“Pueden ayudarme a proteger este lugar. Muchos aún no entienden la importancia de cuidar la naturaleza. Si logran que la gente respete la tierra, quizás yo pueda salir de las sombras y vivir en paz”, respondió El Mohán.

“¡Sí! Podemos hacer algo en nuestra escuela y en el pueblo!”, exclamó Sofía, entusiasmada. “Podemos enseñar a otros sobre la importancia de cuidar el medio ambiente”.

“¿Tú crees que eso funcione?” preguntó Andrés, con una mezcla de esperanza y duda.

“Sí. Si trabajamos juntos, podemos hacer una gran diferencia”, aseguró Valeria.

El Mohán sonrió levemente, aunque su expresión seguía siendo seria. “Si logran hacerlo, los protegeré y no permitiré que nada les haga daño. Deben estar preparados para enfrentar el escepticismo, pero el cambio comienza con pequeños pasos”.

Decididos, los amigos aceptaron el desafío. Salieron de la cueva con una nueva misión. Al regresar a su pueblo, se dieron cuenta de que no sería fácil convencer a todos sobre la importancia de cuidar la naturaleza. Algunos eran escépticos, otros simplemente no querían escuchar. Pero no se dejaron desanimar.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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