Cuentos de Terror

La Estación de la Muerte Eterna en Anasagasti

Lectura para 11 años

Tiempo de lectura: 5 minutos

Español

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Tom, Cai, Bet y Lun eran amigos inseparables que vivían en el pequeño pueblo de Anasagasti. Este lugar era conocido por sus paisajes hermosos y su tranquilo ambiente, pero había un rumor que circulaba entre los niños: una vieja estación de tren abandonada en el extremo del pueblo estaba maldita. Nadie sabía de dónde provenía la historia, pero era suficiente para que los padres advirtieran a sus hijos que nunca se acercaran a la estación. Sin embargo, la curiosidad siempre es más fuerte que el miedo, y un día, decidieron que era hora de descubrir la verdad.

Era una tarde nublada cuando Tom, el más atrevido del grupo, sugirió que fueran a explorar. «Vamos, solo será un vistazo. ¿Qué puede pasar?», preguntó con una sonrisa desafiante. Cai, el más cauteloso, dudó. «Pero, ¿y si hay algún monstruo o algo así? No deberíamos ir», respondió con cierta inquietud. Sin embargo, Bet, que siempre había sido la más aventurera, lo animó. «¡Vamos! Solo haremos una búsqueda rápida y regresaremos antes de que oscurezca. Será divertido», exclamó mientras movía su cabello.

Lun, quien era la voz de la razón entre ellos, finalmente cedió. «Está bien, pero si algo extraño sucede, nos vamos de inmediato». Así fue como, con cierta mezcla de emoción y temor, ellos decidieron aventurarse a la estación de la muerte eterna.

La estación se alzaba como un fantasma en medio de la niebla. Con paredes de ladrillo desgastado y ventanas rotas, parecía un eco de tiempos pasados. Los cuatro amigos cruzaron el umbral y sintieron que el aire se volvía más frío. «Parece que el tiempo se detuvo aquí», dijo Bet al observar cómo la naturaleza había comenzado a reclamar lo que le pertenecía.

Mientras exploraban, se topaban con viejas máquinas de tren cubiertas de polvo y telarañas. Los amigos se reían nerviosamente, comentando lo aterrador que era el lugar. Sin embargo, justo cuando estaban a punto de dar la vuelta, una gran sombra cruzó la estación. Todos se congelaron. «¿Vieron eso?», susurró Cai, con los ojos desmesuradamente abiertos.

Sin atreverse a moverse, esperaron y, de pronto, una figura apareció entre las sombras. Era un anciano con un sombrero de copa y una larga chaqueta que parecía roída por el tiempo. “¿Qué hacen por aquí, jóvenes?” preguntó con voz rasposa. Sus ojos eran profundos y misteriosos, como si habitaran en un mundo diferente.

Tom, que siempre había sido el más valiente, dio un paso adelante. “Exploramos la estación”, contestó. “Hemos escuchado historias sobre ella y queríamos ver si eran ciertas”. El anciano sonrió, pero había algo inquietante en su expresión. “Ah, la estación de la muerte eterna. Muchos vienen y pocos regresan”. Las palabras se deslizaron como un susurro helado. “Si quieren saber la verdad, deben estar preparados”.

Los amigos se miraron entre sí, nerviosos pero intrigados. “¿Qué tipo de preparación?”, preguntó Lun. “La verdad a menudo es más aterradora que las historias. Deben buscar en las profundidades de esta estación. Recuerden, cada sombra tiene su historia”, respondió el anciano.

Sin saber exactamente a qué se refería, decidieron seguir adelante, convencidos por la curiosidad. El anciano, sin embargo, les advirtió: “Cuando lleguen a la última plataforma, encontrarán lo que buscan. No olviden que el tiempo no siempre es lo que parece”. Luego, dio un paso atrás y desapareció en la oscuridad de la estación.

Con el corazón latiendo aceleradamente, los amigos continuaron su exploración. A medida que se adentraban en la estación, comenzaron a escuchar murmullos lejanos, como si las paredes estuvieran hablando. «¿Escuchan eso?», dijo Cai, mirando a su alrededor con miedo en sus ojos. “Eso no es normal”. Sin embargo, Bet insistió en seguir.

Llegaron a una gran sala con bancos cubiertos de polvo y un gran reloj en la pared que marcaba la hora parpadeante. Sin quererlo, se sintieron atraídos por el reloj, que parecía tener vida propia. “Miren”, dijo Lun, “las manecillas están girando al revés”. De repente, el reloj emitió un sonido fuerte, como un campanario, y el aire se volvió más denso.

De pronto, se descubrieron en medio de visiones extrañas. Eran vislumbres de personas que habían estado allí antes: pasajeros esperando trenes que nunca llegarían, figuras que caminaban sin rumbo, perdidas en el tiempo. La sensación de desesperación llenó la sala, y los amigos se sintieron atrapados entre dos mundos. “Esto es aterrador”, murmuró Cai mientras se agarraba a un banco.

Sin embargo, de entre las sombras, apareció un cuarto personaje. Era una niña de cabello rizado que parecía no tener más de diez años. Tenía un vestido blanco desgastado y su mirada era tan triste que les rompía el corazón. “¿Por qué están aquí?”, preguntó ella, su voz era suave como el susurro del viento. «No deberían estar aquí».

“¿Quién eres?”, preguntó Bet, sintiéndose confundida. “Soy la guardiana de esta estación”, respondió la niña. “He visto a muchos venir, pero muy pocos regresar. Si permanecen aquí mucho tiempo, se perderán como todos los demás”.

“¿Perderse?”, repitió Tom, sintiéndose más intranquilo. “¿Qué quieres decir con eso?”.

“Esta estación está atrapada entre el mundo de los vivos y el de los muertos”, explicó la niña. “El anciano les ha mentido. Algunos vienen a buscar algo, pero nunca encuentran lo que desean. En cambio, se quedan atrapados en un ciclo eterno, donde las sombras son sus compañeros y los recuerdos se desvanecen”.

Los amigos se miraron, comprendiendo que estaban en un lugar de peligro. Sin embargo, Lun intentó mantener la calma. “¿Hay alguna salida? ¿Podemos irnos?”. La niña asintió, pero con una tristeza en su rostro. “Solo pueden salir si enfrentan lo que les retiene aquí. Cada uno de ustedes tiene un miedo que deben confrontar”.

“¿Un miedo?”, preguntó Cai, sintiéndose aún más confundido. “¿Cómo podemos enfrentarlo?”. “Debo llevarlos a cada uno a diferentes habitaciones. Pero deben ser fuertes”, dijo la niña. “Unidos, pueden ganar, pero solos…”. Sus palabras colgaron en el aire, llenas de inquietud.

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Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.

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