En el reino donde el sol se pone tarde y las estrellas parpadean con deseos, vivían dos pequeñas princesas llamadas Nina y Gia. Nina, con rizos rojos y una sonrisa traviesa, y Gia, con trenzas negras y ojos llenos de curiosidad, compartían no solo una gran amistad sino también un cuarto lleno de juguetes y secretos.
Un día lluvioso, mientras el viento susurraba historias al oído de los viejos árboles del palacio, las dos princesas jugaban a las escondidas entre muñecas y cojines de colores. La risa llenaba la habitación, y el tic-tac del reloj parecía bailar al ritmo de su alegría. Pero fue entonces cuando algo insólito captó su atención: una luz resplandeciente surgía misteriosamente detrás de una vieja mesa de madera en el rincón más apartado del cuarto.
— ¿Viste eso, Gia? — preguntó Nina, su voz un susurro de asombro.
— ¡Sí! ¿Qué será? — respondió Gia, con los ojos tan grandes como lunas llenas.
Decididas a descubrir el origen de aquella luz, se acercaron con cautela. Al mover la mesa, descubrieron que la luz no provenía de una simple lámpara olvidada, sino de un pequeño espejo ovalado, adornado con gemas que brillaban como pequeños soles capturados.
— Debe ser mágico — dijo Nina, extendiendo su mano hacia el espejo.
Al tocarlo, un vórtice de colores las envolvió, y sin más, se encontraron deslizándose por un túnel de luces danzantes y estrellas fugaces. Cuando el torbellino cesó, Nina y Gia cayeron sobre un manto de nieve suave y fría.
Miraron a su alrededor y no pudieron creer lo que veían: estaban en el reino de Arendelle, justo en el medio de un festival de invierno. La música de los festejos las recibió con notas alegres y risas cálidas. Antes de que pudieran decir una palabra, dos figuras conocidas se acercaron a ellas: ¡eran Anna y Elsa, las princesas de Arendelle!
— ¡Bienvenidas a nuestro festival! — exclamó Anna con una sonrisa acogedora.
Elsa, con una gentil inclinación de cabeza, añadió:
— Parece que la magia os ha traído aquí. ¿Os gustaría uniros a la celebración?
Nina y Gia asintieron emocionadas, y juntas, las cuatro princesas patinaron sobre hielo, construyeron muñecos de nieve, y compartieron historias y risas. Gia, que siempre había soñado con crear figuras de hielo, miró a Elsa con admiración cuando ésta levantó un palacio de hielo con un simple movimiento de sus manos.
— ¡Es como un sueño! — susurró Gia.
— Todos los sueños son bienvenidos aquí — respondió Elsa con una sonrisa misteriosa.
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Autor del Cuento
Soy Francisco J., apasionado de las historias y, lo más importante, padre de un pequeño. Durante el emocionante viaje de enseñar a mi hijo a leer, descubrí un pequeño secreto: cuando las historias incluyen a amigos, familiares o lugares conocidos, la magia realmente sucede. La conexión emocional con el cuento motiva a los niños a sumergirse más profundamente en las palabras y a descubrir el maravilloso mundo de la lectura. Saber más de mí.