Era una fría noche de invierno cuando Alicia llegó al mundo. Los copos de nieve caían lentamente sobre Nueva York, cubriendo la ciudad de un manto blanco y silencioso. Dentro del hospital, un hombre miraba a su recién nacida hija con una mezcla de tristeza y esperanza. Su esposa, la mujer a la que tanto amaba, no había sobrevivido al parto, y ahora él se encontraba solo con la pequeña bebé en sus brazos.
A pesar del dolor que sentía en su corazón, el hombre decidió que haría todo lo posible para darle a su hija la mejor vida que pudiera. La llamó Alicia, como su esposa lo había querido, y desde ese día se prometió a sí mismo que sería el mejor padre que pudiera ser.
Los años pasaron, y Alicia creció rodeada de amor. Su padre era su héroe. No había evento en la vida de Alicia en el que él no estuviera presente: los festivales escolares, las reuniones familiares, los días festivos, las noches de Halloween y los amaneceres de Año Nuevo. Él siempre estaba allí, apoyándola, sonriendo, orgulloso de la niña que crecía ante sus ojos.
Alicia tenía un cabello castaño claro, con reflejos dorados que brillaban bajo el sol. Sus ojos, de un color avellana con destellos verdes, parecían cambiar según la luz del día. A medida que crecía, todos comentaban lo mucho que se parecía a su madre. Su padre siempre sonreía con nostalgia cuando escuchaba eso, sabiendo que, aunque había perdido a su esposa, su esencia vivía en su hija.
Desde pequeña, Alicia mostró un gran interés por la ciencia y el espacio. Le encantaba mirar las estrellas desde la ventana de su habitación, preguntándose qué secretos ocultaban los cielos lejanos. A menudo le preguntaba a su padre sobre los planetas, los agujeros negros y la posibilidad de vida en otros mundos. Él siempre la escuchaba con paciencia y le respondía con la poca información que tenía, pero fue evidente que su hija tenía una mente curiosa y sedienta de conocimiento.
Cuando cumplió 17 años, Alicia ya estaba decidida a estudiar ciencias espaciales. Había pasado años leyendo libros sobre astrofísica y mirando documentales sobre el universo. No había nada que le apasionara más que los misterios del cosmos. Su padre la apoyaba en todo, y estaba orgulloso de que su hija tuviera sueños tan grandes.
El año en que Alicia cumplió 18 años fue uno de los más emocionantes de su vida. Después de mucho esfuerzo, logró graduarse de la preparatoria con honores. Había sido una estudiante destacada, y todos en la escuela sabían que tenía un futuro brillante por delante. El día de su graduación, su padre la observó desde la primera fila, con los ojos llenos de lágrimas de orgullo.
—Lo lograste, Alicia —le dijo al final de la ceremonia, abrazándola con fuerza—. Estoy tan orgulloso de ti.
Alicia sonrió, sintiendo que todo su esfuerzo había valido la pena. Pero lo que ninguno de los dos esperaba era la noticia que recibirían poco después. Esa misma semana, una carta llegó a su casa. Era una carta que cambiaría sus vidas para siempre.
Alicia había sido seleccionada para participar en un programa espacial especial. La carta provenía de una organización internacional de exploración espacial, y decía que habían estado siguiendo los logros académicos de Alicia y su dedicación a la ciencia. Ahora, le ofrecían la oportunidad de formar parte de un proyecto revolucionario: una misión para explorar una nueva colonia en un planeta distante.
Al principio, Alicia no podía creerlo. ¿Una misión espacial? ¿Ella? ¿Con solo 18 años? Parecía demasiado bueno para ser cierto, pero allí estaba, en blanco y negro, la invitación que había estado esperando toda su vida.
—¿Qué vas a hacer? —le preguntó su padre una noche, mientras cenaban.
Alicia sabía que la decisión no era fácil. Siempre había soñado con explorar el espacio, pero también sabía que aceptar esa oferta significaría dejar a su padre, la única familia que le quedaba, por un tiempo indefinido.
—Es una oportunidad única —dijo Alicia, con los ojos llenos de emoción y preocupación—. Pero no quiero dejarte solo.
Su padre la miró con una sonrisa tranquila.
—Tu madre estaría tan orgullosa de ti —le dijo, tomando su mano—. Y yo también lo estoy. Si este es tu sueño, entonces debes seguirlo. No te preocupes por mí, siempre estaré aquí esperándote.
Con esas palabras de aliento, Alicia tomó su decisión. Aceptaría la oferta y se embarcaría en la aventura más grande de su vida. Sabía que no sería fácil, pero estaba lista. Era hora de que tomara el control de su destino, y el espacio la llamaba.




Alicia.